Vida, me quitas y me das,
me das y me quitas,
confieso que esta vez
me ha dolido demasiado,
tal vez más de lo que debería
poder lastimarme
perder unos labios
que hace unos días
ni existían en mi pensar
ni los había soñado.
¿Acaso sí los perdí?
Pero hoy, vida,
mis lágrimas no son herejía,
no maldigo tus caminos.
Lloro porque esta vez
estos veinticinco pasos, más o menos,
¿quién puede contar tanto tiempo?
iban en la dirección de lo que
me complacía en todas las formas
lloro porque he de llorar,
no para traer de vuelta
lo que se ha perdido,
lloro porque siento
porque aún respiro.
Y sé que nunca repetir ese encuentro
es un hecho triste,
como pocos.
Pero hoy,
incluso mientras fluye todo lo que podía ser
de mis ojos,
agradezco tus caminos
cruel a veces,
dulces como un higo blanco
en una tarde de agosto
en la casa de mi abuelo
a veces,
pero siempre fluyendo hacia adelante,
sin pausas,
sin vacilar,
llevándome para donde deba estar.
Hoy, lo veo claro,
yo soy invencible,
que solo he de parar cuando ya no respire,
que perder y ganar
son caras iguales de la misma moneda,
que no se forja quien soy
si siempre gano.
Sé que tuve una participación
no tan pequeña
en perder esta vez,
sé que si me hubiera callado,
hoy sería diferente,
pero no me mato ni me rindo,
porque tú, solamente tú,