No te da tiempo acostumbrarte a los cambios en el ritmo (a la síncopa)
en esto que nosotros llamamos vida.
Piensas que ya dominas el ritmo
y que sabes lo que viene después
pero, de repente,
esta majestuosa pieza,
sin autor,
te exige un cambio de ritmo:
Acelera – no intentes seguir con calma
o harás, de algo hermoso,
un fracaso. Un asco total.
Acelera y olvida que algún día tuviste calma.
Hasta el día en que te toca desacelerar
y ahora el ritmo rápido ya no tiene sentido
y ahora, si sigues con esa rapidez,
destruyes todo lo bonito que viene hacia ti.
Respiras hondo, pero cómo cuesta desacelerar –
y meditas y te calmas y respiras un poco más,
pero te das cuenta de que, en esos segundos,
10, 1000 o 1 000 000,
aprendiste a disfrutar de las corcheas,
aprendiste que la aceleración te llena de adrenalina
y que la vida es más sabrosa cuando vives a mil,
pero te toca desacelerar
porque si no, todo lo que has hecho pierde sentido
y harás, de algo hermoso,
un fracaso. Un asco total.
Desacelera y olvida que algún día tuviste prisa.
Y de repente llegan las pausas
y ahora te toca esperar y no hacer nada
y por Dios, que difícil es no hacer nada
en una vida donde te premian por hacer más,
pero los momentos de pausa son tan importantes como los otros momentos
y guardan lecciones tan vitales como las lecciones de los logros
y la pieza musical que llevará en su nombre
tu año de nacimiento y aquel de tu fallecimiento,
no tendrá sentido sin las pausas.
Pero no te acostumbres,
esa es la clave,
cambiar entre todas las notas
con toda la elegancia del mundo:
sin sufrir, sin reclamar,
aceptando que esa pieza sin autor te lo exige,
es lo que hace que algunas vidas sean grandiosas y plenas
y que otras no tengan sentido.
Toca tu pieza con la elegancia
de quién sabe lo que debe hacer
y haz de tu vida una obra maestra
que los demás estudiarán.