Por la boca muere el pez,
dice el gran Joaquín,
pero nosotros, los poetas,
por afecto a las palabras
o aflicción por los sentimientos
o en búsqueda de algo más,
nos exponemos como no lo hace
ni el niño menos expuesto
a las reglas de la sociedad
menos funcional,
Exponemos lo que sentimos,
y vertimos nuestra alma en el tintero,
para luego estar sorprendidos
cuando nos atrapan con las intenciones
en la palma de la mano.
Quizás hay que practicar el silencio
como contraparte al arte
de la poesía,
no para ser menos real,
sino para que las letras
no se devalúen
con la irresponsabilidad
de aquel que imprime palabras
como un gobierno bananero
que dictó, sin reflexionar,
que al amor es un acto revolucionario,
sin saber que realmente lo era,
porque justamente no se impone
y no se apura.