Poems written by M. Tomás Awada
Poemas escritos por M. Tomás Awada

Lo sabrás

Lo sabrás -dijeron- cuando la vida se sienta bien, sabrás, sin un atisbo de duda, que el destino ha tocado a tu puerta.
Pero, ¿cómo? Dijo el joven. ¿Cómo lo sabré?
No contento con aquella simple frase, carente de todo lo que valoraba -Su razón, su felicidad, su ego- el joven se burló: Lo descubriré yo mismo.
Como si la vida fuese su experimento,
como si lo comprendiese todo,
se propuso un único objetivo:
Hacer su propio destino,
adaptar la vida a sus caprichos,
“Mi vida sería mejor con esto,
mi vida empeoraría sin esto”.
Y el joven, ciego al espacio que el destino le concedió para explorar,
para conformarse con enseñanzas que tuvo que aprender y desaprender y reaprender;
nunca encontró aquel sentimiento predicado por tantos otros.
Otros que, ajeno a su conocimiento, ya habían andado los caminos de otras experiencias.
Buscó y buscó con frenesí,
tal vez debía haber seguido la ruta que los demás ya trazaron,
en lugar de perseguir ilusiones en un desierto de su propia invención,
sorprendido ante la sed que esos desiertos no aliviaban,
¿Por qué no?, ¡si parecía agua! Si sabía como un vaso de agua helada en una tarde de verano; si se sentía como el río entre sus dedos, ¿por qué no?
Tal vez las personas inteligentes deban ser miserables -dijo uniendo en un solo tajo su arrogancia y exageración.
Tal vez “bien” no es lo que debería buscar.
Y construyendo su castillo de arena
a un paso de las olas
suprimió sus lágrimas
porque, a pesar de haberse convencido de lo contrario,
esto se sintió como lo opuesto a todo lo que está “bien”;
como una emoción en la que no creía,
pero que no honraba sus pensamientos vacíos.
Las olas continuaron, como siempre lo hacen,
arrancando de la costa todo lo frágil.
Y él continuó tratando de aferrarse a alguna de sus ilusiones
Convirtiendo lentamente su paraíso, digno de la envidia de los demás,
en un infierno edificado por él mismo.
No lo sabía, pero él, como todos,
nunca estuvo solo a merced de sus capacidades,
el destino siempre alcanza sus fines,
inevitables, por definición.
Entre ilusión e ilusión, alcanzaba a ver atisbos de realidad,
momentos donde las cosas eran justo lo que parecían ser.
Cada ilusión tenía que justificar su existencia aún más
volviéndose más frágil cada vez antes.
No lo sabía aún,
pero la vida comenzaba a filtrarse
e, inconscientemente, él mismo comenzaba a buscar aquello que lo buscaba.
Un día,
como un techo que sobrevivió a años de tempestades,
solo para derrumbarse con la lluvia más leve,
mientras el sol le rozaba la piel,
las olas rompieron las estructuras que él insistió en reconstruir una y otra vez.
Esta vez, en lugar de correr tras ladrillos de arena,
pensó que esto se sentía bien.
Esta vez abandonó su constante intransigencia;
esta vez, “bien” se sintió diferente,
“bien” se sintió real.
Se sintió como “¡Qué tonto he sido! ¡Siempre ha valido la pena esperar!”
Se sintió como descubrir que el Niño Dios eran papá y mamá después de la cena;
se sintió como aquel “Lo sabrás: Cuando la vida se sienta bien, sabrás”.
Y cuando supo
agradeció al universo
por no tratarlo con la misma terquedad con que él se trataba,
por permitirle saber, sin espacio para dudas,
que no hay vuelta atrás,
que nunca querría estar en otro lugar
porque aquel sentimiento era inequívoco,
porque el destino no llega tocando la puerta
como quien llega de un viaje intentando respetar el sueño de su anfitrión;
sino como una banda de carnaval,
con todos los instrumentos,
con todos los “deja que lleguen los buenos tiempos”.